El día de hoy La Crónica se rehusó a publicar esta columa. Hoy los liberaron.
La desconfianza es una enfermedad contagiosa, destructiva. Es difícil de erradicar y fácil adquirirla. Y esa es la enfermedad que nuestros gobiernos – federal y locales – siguen sin darse cuenta que tienen.
Hablo de la desconfianza pública hacia las instituciones para hablar sobre algo mucho más importante: sobre Atzín Andrade y Laurence Maxwell y, por tanto, de los otros nueve detenidos durante las marchas del 20 de noviembre por la desaparición de los 43 normalistas de Ayotzinapa.
Sé poco de los otros nueve (cuyos nombres no hay que olvidar: Hugo Bautista, Tania Ivonne Damián, Hillary Analí González, Liliana Garduño, Luis Carlos Pichardo, Roberto César Jasso, Isaac Domínguez, Juan Daniel López y Francisco García Martínez) fuera de lo que ha salido en los medios de comunicación. Pero sé bastante más de Atzín y de Laurence, porque muchas personas que los conocen bien están cerca de mí.
Esas personas que los conocen, gente en la que confío y creo, me han dejado clarísimo que los delitos que se les imputan son absolutamente falsos. No hay, tengo la certeza, ninguna posibilidad de que sean responsables de tentativa de homicidio, asociación delictuosa y motín. El mismo gobierno los había acusado originalmente de delitos mucho más graves – terrorismo – hasta que alguien se habrá percatado de lo ridículo de la acusación. Solo les faltó acusarlos de canibalismo.
Pero más allá de mi certeza, el hecho es que el gobierno ha tratado peor y establecido peores delitos contra estas personas que contra el propio ex alcalde de Iguala, José Luis Abarca, y a su esposa, María de los Ángeles Pineda, quien está arraigada, ni siquiera en prisión. ¿Cuándo se había visto que manifestantes acaben en penales de alta seguridad?
Agreguemos a eso la excéntrica prepotencia del jefe de la Policía del DF, Jesús Rodríguez Almeida, con su “gústele a quien le guste”, sumado el silencio cobarde y cómplice del Jefe de Gobierno. Todo contribuye a fortalecer la sensación de que esto no es un caso criminal: es un esfuerzo político, concertado entre autoridades, decidido clara y abiertamente, por intimidara a la sociedad. Mancera y Peña nos están diciendo esto: “¿Quieren marchar? Pues se les voy a hacer esto. Piénsenlo de nuevo”.
Si es cierto que estos once eran “muy violentos”, ¿dónde están las evidencias? ¿Dónde están las pruebas? Todos hemos visto decenas y decenas de fotos y videos de abusos policiacos – sin castigo o sanción alguna – y sin embargo las pruebas contra estos hombres y mujeres son van vagas y frívolas que nadie podría, jamás, tomarlas en serio.
Los gobiernos se están equivocando de principio a fin. No están en posición de pedirnos confianza. No están en posición de pedirnos que les creamos. No están en posición de pedirnos calma. Esta descomposición es responsabilidad de ellos; esta desconfianza también. Y su técnica de intimidación social y de criminalización de la protesta – violando los más básico principios de los Derechos Humanos – han escandalizado e indignado al mundo entero.
¿En serio, en serio, no hay nadie en el GDF o en la Presidencia que se de cuenta del daño a la imagen de México que sus decisiones están causando? ¿Nadie en toda la estructura gubernamental que sea sensato está siendo escuchado? Se los digo de una vez: nadie les cree. Y nadie tiene por qué creerles. O se presentan verdaderas evidencias o, si este gobierno tiene alguna aspiración de que su agenda se descomprima y baje la tensión, tiene que liberarlos ahora.
Las diez medidas prometidas por Peña Nieto para mejorar la seguridad llegan de forma reactiva, tardía y difusa. Su implementación tomará tiempo y exigirá debates extensos en un Congreso en el que también hay desconfianza. No resolverá las desapariciones ni mejorará la situación de Derechos Humanos de nuestro país.
Estoy entre los que piensan que todos tenemos que mejorar. Pero también estoy convencido que la desconfianza solo se curará con actos claros y decididos del gobierno. Lo primero que tiene que hacer es liberar a los 11 del Zócalo y cambiar su relación con la sociedad. Lo primero que tienen que hacer es disculparse porque nos han fallado a todos.
Solo ahí podrán empezar a pedirnos confianza. Antes, nada.
