sábado, 14 de diciembre de 2013

La receta reformada

Me miró furiosa y dijo “reforma la receta de tu puta madre”.  Le expliqué que, en efecto, he reformando montón de recetas de mi madre – me ahorré eso de puta – y que en general me ha ido bastante bien. No que sean malas recetas, incluso algunas son muy buenas, pero el tema es que a veces pueden ser mejores. 

Los tiempos avanzan, le dije.  Hay nuevas tecnologías, materiales, técnicas.  Las cosas cambian, querida. 

Y cuando cambian, y tú no, te vas quedando atrás.  El rezago parece remontable al principio, parece cualquier cosa.  Pero un día te das cuenta que ya no estás ni cerca de dónde empezaste, ni cerca de dónde querías llegar.  Y ahí es la dura hora de pensar en reformarse.

“¡Reformista vendido!” me gritó la compañera de nuevo.  “¡Pareces Kerenski! Vulgar Menchevique”.  Ya sé, traté de calmarla, ya sé.  Sé que esto no es fácil.  No lo es para nadie, pero escucha: la receta, tu receta para hacer frijoles charros puede funcionar mucho mejor.  Créeme.

“¡Es tradición!  Esta receta fue concebida durante la Revolución Mexicana, es herencia de nuestra herencia, es patriótica y de todos los mexicanos.  ¡La quieres privatizar!”. Me juró que no sólo no será parte de mi receta reformada sino que la bloqueará en cada esquina, en cada restaurante, en cada cocina: describió tomas de ollas, secuestro de sartenes, toda táctica es buena cuando se defiende a la patria.  Santa patria.

Le explico lo siguiente: en otras épocas, esta receta funcionaba muy bien.  Es práctica y llenadora. Pero hoy en día, compitiendo con los frijoles de lata y demás, está desactualizada y pierde terreno.  Y no sólo eso: esta receta engorda, desperdicia y causa gases, contaminado todo.  Podemos modernizarla.  En serio.

No le tocarás un solo pelo, me insiste.  Ni un pelo. ¿Pero te parece que está bien como está? No. Pero tú eres un vendido.

Explico: el remojo de los frijoles exige que se les cambie el agua al menos tres veces, y nunca, nunca – como es en tu receta – se cocinan en esa misma agua.  Al cambiar el agua, no solo limpias los frijoles sino que los liberas de toxinas y carbonos que después te causan gases.

Además, le pones una cantidad de grasa demencial.  Tengo claro que el cerdo es rico y que da sabor y todo, pero, con respeto, no estás para seguir engordando.  No tengo nada contra comer cerdo, más el problema es otro: le estás metiendo a una receta que puede funcionar muy bien un elemento que te cae mal, y a la larga te hace daño.  Puede ser más sana esta receta.  Utiliza bien las hierbas, el picante y el comino; no dejes de lado el orégano y ponle cáscaras de limón.  Dientes de ajo completos, cebolla morada.  Ya verás.

Otra cosa: las ollas de barro, tan bonitas y tradicionales que usas, están llenas de plomo y otros metales.  La larga cocción que exige esta receta, en esas ollas – tan bonitas, tan tradicionales – llena el platillo de tóxicos.  Y gasta mucha energía.  Hay que prepararlos en una olla de presión de acero inoxidable.  Ya sé que pierde el folclor, y sí, ay que urbano eres, etcétera.  Pero ahorras tiempo, hidrocarburos, dinero y energía.  Además de mantener más sana tu comida.  Es puro ganar.  Lo único que pierdes es tu sensación de ser auténtico.  Que, por lo demás, era una payasada que te enseñaron en una educación ideologizada y, por cierto, muy priista. Completamente priista.

Bueno, con eso solo la enfurecí.  “¿Priista yooooo?  ¡Eso jamás!”.  Claro, ella olvidó que ella misma fue priista por años, hasta que no le dieron el puesto que quería.  Pero esa es otra historia. Remata su insulto: “seguro estás con la reforma energética de Peña Nieto”.

No, fíjate que no.  De ninguna manera.  No estoy con el gobierno ni en esta reforma ni en muchas otras.  Pero estoy con la urgente necesidad de reformar.  Porque hay que ser bastante idiota para pensar que hoy en día Pemex es la empresa que México necesita y mucho más para pensar que funciona bien.  Su riqueza no nos está sacando adelante y, más que nada, está muy lejos de ser de “todos los mexicanos”.  De hecho, es del sindicato, principalmente.  Así que no, no apoyo la reforma.  Pero me indigna el antirreformiso izquierdista mexicano que es, ante todo, profundamente reaccionario.  Se oponen mecánicamente por consigna, sin explicar ni entender; sin proponer ni contribuir; sobre todo, dándole la razón – al menos mediáticamente – a quienes los tildan de obstruccionistas. 
Pemex, como tu pinche receta, tiene que reformarse.  Es más arcaico que Petrobrás y que Cuba Petróleo.  Es tan corrupto como el SNTE y tan priista como Morena.  La izquierda, al marginarse de la reforma, la regala.  En lugar de incidir para garantizar la protección de los intereses nacionales, amontona sillas y acarrea gente.  Y vuelve a perder. 

Y ahí perdemos todos. 

Saber cambiar es tan importante como perseverar. Y todos, en algún momento, tenemos que estar dispuestos a dar ese brinco.