Hagamos
entones una espuma de aguacate, acompañando un atún sellado en caviar de ciboulette
con perlas de soya; hagamos un ceviche condimentado al vacío junto con un
mousse de chayote y un aire de calamar; hagamos un crujiente de zanahoria sobre
un helado de hongos a la parrilla con riñones salcochados…
Suena
entretenido y es el tipo de comida que uno prueba por curiosidad un par de
veces, pero en general no es para comer diario.
Además, suele ser cara. Como sea,
es lo mismo presentado de otra forma.
Eso es
exactamente lo que siento de Jorge Mario Bergoglio, hoy el Papa Francisco. El nuevo jefe de la iglesia católica ha sido
lo mejor que le ha pasado a la institución en años: ha renovado la actitud – “bajándose”
al nivel de la gente, reduciendo sus lujos aparentes, mostrándose simpático y
leve – y ha reconvenido el discurso – hablando de una “iglesia pobre para los
pobres” y mostrando una cierta apertura hacia las minorías -, lo que lo ha
puesto en un lugar mediático y de cultura popular que hace rato no se
veía. Incluso se habla de que en algunos
países la gente está volviendo a ir a misa gracias al atractivo del nuevo
pontífice, que parece hablar el idioma de la gente. Un Papa que quiere “limpiar a la iglesia” y
devolvérsela a los creyentes. Además ¡le
gusta el futbol! Digo, ¡es humano! Y,
para terminar con sus cualidades, es argentino. Bueno. Qué mejor.
De nada
sirvió que, recién fuese electo, se destapase su oscura relación con la
dictadura de Argentina. Sus portavoces
lo negaron todo y él mismo incluso armó una incomprobable historia de que ayudó
a anónimos perseguidos. Eso no pegó como tampoco pegó lo que él mismo había
afirmado sobre los homosexuales y sus derechos.
En su momento, Bergoglio había asegurado que el matrimonio igualitario
era “cosa del demonio”, entre otras lindezas.
Siempre me
despertó desconfianza su estilo “buena onda”.
No por nada: la Iglesia Católica, lo sabemos bien, es una institución
compleja y siniestra, llena de pasillos oscuros y secretos. Más que eso: yo
estoy entre los que no se olvidan del pontificado de Juan Pablo II. Aquél hombre, hoy beatificado, era la
popularidad encarnada. Sin recurrir a
los anuncios espectaculares del Papa actual, Juan Pablo era adorado por las
masas. Idolatrado. Incuestionablemente amado.
Claro,
ambos comparados con la oscuridad de Ratzinger se ven luminosos. Pero mi punto es que Juan Pablo II era el “Papa
de la gente” también. Tipazo. Pero hoy
sabemos que fue feroz protector de los más salvajes pederastas. Que permitió todo tipo de abuso en su
mandato. Que el horror de miles de niños
y niñas se institucionalizó y que los perpetradores fueron mimados y
cuidados. Un Papa conservador, pero
carismático.
En estos
días, la gentil prensa latinoamericana ha hablado de la comparecencia de su
representante ante la ONU como un hito en el cual “por primera vez” la Iglesia
admitió que existía abuso sexual y pederastia en su interior. Otra señal más de la “Nueva Iglesia” que se
limpia y se saña, dicen.
Mentira.
¿Qué dijo Silvano
Tomasi, representante del Papa, ante la ONU? Dijo: “Se encuentran abusadores
entre los miembros de las profesiones más respetadas y, más lamentablemente,
incluso entre miembros del clero”. Gran
admisión: los hay en todas partes, incluso aquí. No sólo eso: este mismo hombre había dicho
que “no son pedófilos sino homosexuales tentados por adolescentes
provocativos”. Malditos adolescentes cachondos.
Tomasi
evadió todas las preguntas del comité, y su comparecía no demostró más que lo
que sabemos: la Iglesia está llena de secretos que protegen a personas
crueles. Qué es más importante la
reputación de la institución que la seguridad de los niños. Que Francisco haya pedido perdón – también lo
hizo Ratzinger – por los pecados del pasado no sirve de mucho, si los pecadores
están impunes y siguen operando.
Esta no es
la única área de problemas. Francisco ha
hecho poco a favor de la situación de la mujer, e incluso el cardenal recién electo
Fernando Sebastián dijo que “Las mujeres que abortan quieren quitarse de en
medio al hijo para disfrutar de la vida”.
Puedo
entender que algunos tienen ganas de pensar que este papa es distinto y que va
a mejorar a su Iglesia. Pero lo
dudo. Creo que es un papa molecular:
rediseñado, revestido y replanteado, pero que sigue sabiendo a lo mismo. Un gran receta para engañar al paladar, sin
darle nada nuevo.

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