jueves, 20 de febrero de 2014

Papa molecular

Se ha puesto de moda tomar un platillo y “de construirlo” para hacer básicamente el mismo platillo pero con un aspecto distinto, quizá con variantes de texturas, pero con básicamente del mismo sabor.  Toda la famosa cocina molecular – que por cierto empieza a estar de salida – enseña eso: agarra lo mismo, procésalo de otra forma, y harás algo radiante, novedoso y encantador.  Va a saber igual, pero será nuevo.
Hagamos entones una espuma de aguacate, acompañando un atún sellado en caviar de ciboulette con perlas de soya; hagamos un ceviche condimentado al vacío junto con un mousse de chayote y un aire de calamar; hagamos un crujiente de zanahoria sobre un helado de hongos a la parrilla con riñones salcochados… 
Suena entretenido y es el tipo de comida que uno prueba por curiosidad un par de veces, pero en general no es para comer diario.  Además, suele ser cara.  Como sea, es lo mismo presentado de otra forma.
Eso es exactamente lo que siento de Jorge Mario Bergoglio, hoy el Papa Francisco.  El nuevo jefe de la iglesia católica ha sido lo mejor que le ha pasado a la institución en años: ha renovado la actitud – “bajándose” al nivel de la gente, reduciendo sus lujos aparentes, mostrándose simpático y leve – y ha reconvenido el discurso – hablando de una “iglesia pobre para los pobres” y mostrando una cierta apertura hacia las minorías -, lo que lo ha puesto en un lugar mediático y de cultura popular que hace rato no se veía.  Incluso se habla de que en algunos países la gente está volviendo a ir a misa gracias al atractivo del nuevo pontífice, que parece hablar el idioma de la gente.  Un Papa que quiere “limpiar a la iglesia” y devolvérsela a los creyentes.  Además ¡le gusta el futbol!  Digo, ¡es humano! Y, para terminar con sus cualidades, es argentino. Bueno. Qué mejor.
De nada sirvió que, recién fuese electo, se destapase su oscura relación con la dictadura de Argentina.  Sus portavoces lo negaron todo y él mismo incluso armó una incomprobable historia de que ayudó a anónimos perseguidos. Eso no pegó como tampoco pegó lo que él mismo había afirmado sobre los homosexuales y sus derechos.  En su momento, Bergoglio había asegurado que el matrimonio igualitario era “cosa del demonio”, entre otras lindezas.
Siempre me despertó desconfianza su estilo “buena onda”.  No por nada: la Iglesia Católica, lo sabemos bien, es una institución compleja y siniestra, llena de pasillos oscuros y secretos. Más que eso: yo estoy entre los que no se olvidan del pontificado de Juan Pablo II.  Aquél hombre, hoy beatificado, era la popularidad encarnada.  Sin recurrir a los anuncios espectaculares del Papa actual, Juan Pablo era adorado por las masas.  Idolatrado.  Incuestionablemente amado.
Claro, ambos comparados con la oscuridad de Ratzinger se ven luminosos.  Pero mi punto es que Juan Pablo II era el “Papa de la gente” también. Tipazo.  Pero hoy sabemos que fue feroz protector de los más salvajes pederastas.  Que permitió todo tipo de abuso en su mandato.  Que el horror de miles de niños y niñas se institucionalizó y que los perpetradores fueron mimados y cuidados.  Un Papa conservador, pero carismático.
En estos días, la gentil prensa latinoamericana ha hablado de la comparecencia de su representante ante la ONU como un hito en el cual “por primera vez” la Iglesia admitió que existía abuso sexual y pederastia en su interior.  Otra señal más de la “Nueva Iglesia” que se limpia y se saña, dicen.
Mentira.
¿Qué dijo Silvano Tomasi, representante del Papa, ante la ONU? Dijo: “Se encuentran abusadores entre los miembros de las profesiones más respetadas y, más lamentablemente, incluso entre miembros del clero”.  Gran admisión: los hay en todas partes, incluso aquí.  No sólo eso: este mismo hombre había dicho que “no son pedófilos sino homosexuales tentados por adolescentes provocativos”. Malditos adolescentes cachondos.
Tomasi evadió todas las preguntas del comité, y su comparecía no demostró más que lo que sabemos: la Iglesia está llena de secretos que protegen a personas crueles.  Qué es más importante la reputación de la institución que la seguridad de los niños.  Que Francisco haya pedido perdón – también lo hizo Ratzinger – por los pecados del pasado no sirve de mucho, si los pecadores están impunes y siguen operando. 
Esta no es la única área de problemas.  Francisco ha hecho poco a favor de la situación de la mujer, e incluso el cardenal recién electo Fernando Sebastián dijo que “Las mujeres que abortan quieren quitarse de en medio al hijo para disfrutar de la vida”.
Puedo entender que algunos tienen ganas de pensar que este papa es distinto y que va a mejorar a su Iglesia.  Pero lo dudo.  Creo que es un papa molecular: rediseñado, revestido y replanteado, pero que sigue sabiendo a lo mismo.  Un gran receta para engañar al paladar, sin darle nada nuevo.

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