viernes, 17 de enero de 2014

Soy bien belga

Cuando fui chef en Bruselas me hice las preguntas más importantes que cualquier ser humano se tiene que hacer si aspira a comprender las vicisitudes del universo: ¿Qué es la vida sin un litro de cerveza helada? ¿Tiene sentido? ¿Vale la pena vivirla? Ese conflicto espiritual enfrenté después de beber tremendo vaso de chela bien fría en el famoso bar de Bruselas La Lunette. Se llama así porque una “luneta” es justamente la gloriosa copa en la que ahogué todas mis kafkianas sensaciones.
La recuerdo y siento escalofríos: era tan hermosa, tan pura… cuando hundí mí lengua rasposa en su aterciopelada humedad sentí el vigor de ser un hombre de verdad.
Hay que decirlo: los belgas saben tomar cerveza. Con más de 250 marcas distintas, de todas índoles, sabores y texturas, la chela es en Bélgica lo que el queso en Francia: una institución sagrada. Era como volver al útero materno, un lugar seguro y cómodo, un lugar donde uno no es responsable de nada… hasta que llega la cuenta.
En esas fascinantes reflexiones de ahogo alcohólico estaba, muy contentito, cuando llegó un mexicano y me dijo “Oye, y tú, ¿de qué parte de chilangolandia eres?”
 Lo miré con una falsa sonrisa y me pregunté ¿qué clase de idiota piensa que esa es una buena frase rompehielos? Típico tarado sateluco – pensé --, pero me interrumpí a mi mismo: “Güey, no seas discriminador, hay gente ridícula en todos lados, no sólo en Satélite”. Rato después la realidad me desmintió: en efecto era sateluco.
Total, le respondí – sin saber bien a bien qué decir – que soy del DF, pero crecí en Kazajistán. Me gritó “¡Lo sabía! ¡Lo sabía!”
Me quedé pasmado. ¿Sabía que soy de DF? ¿Era psíquico? ¿Se me nota? Ni tardo ni perezoso, el buen sateluco se sentó a tomar cerveza con nosotros y así empezó una larga jornada de debate político juvenil... muy juvenil.
No era para menos: ese día había tomado protesta Peña Nieto. Que emoción, que tensión, que horror, que suerte, qué tal. Los mexicanos se olían unos a otros en las calles de Bruselas y se gritaban “¡habemus presidente!”.
Nuestro sateluco confirmó ser priista y estar “encantado” con la toma de protesta. Un amigo suyo, autodefinido “priista de closet que vota por el PAN” (esos les decimos “panistas”, le dije), hizo gala de una retórica pretenciosa y fácil, con la esperanza de demostrar que algo sabe de política.
Discutimos por horas la elección, la post elección, la toma de protesta y demás detalles de la historia contemporánea del país.
Eran un par de perdedores y por eso me la pasé bien con ellos: mis chistes eran los mejores.
Ha pasado un año desde entonces, y los balances sobre este regreso triunfal del priismo al poder - ¿lo dejó alguna vez? – son indispensables.  En el extranjero Peña es bien visto, a pesar de que todos se ríen de su peinado.  Lo encuentran “joven y reformista”; dicen que está “sacando a México de su marasmo”. 
Es cierto que ha pasado algunas reformas que el panismo jamás pudo, o quiso, impulsar.  La calidad de las mismas es materia de otro debate – más largo, por cierto – pero es innegable que el sistema mexicano exigía profundas reformas.
Mi sensación principal, sin embargo, tiene menos que ver con los supuestos logros de Peña que con el profundo desorden de la oposición.  Eso me preocupa más: veo un PRD sin rumbo, cuya identidad se ha desdibujado por demasiadas tribus, cotos, corruptelas y amiguismos; un PAN aplastado, sin liderazgos, sin ideas.  Veo a Morena con un líder enfermo y diezmado, con un proyecto perdido y anacrónico. 
Cualquiera que cocine sabe esto: los buenos platos tienen equilibrios en oposición.  Un sabor demasiado dominante mata a los otros; una revoltura desequilibrada de sabores empalaga.  Sobre todo, una falta de variedad, adormece el paladar.  Es indispensable que ante un gobierno fuerte exista una oposición articulada. 
Hoy no están articulados.  Están en la oscuridad.
Aquella noche sentí que el priista estaba en su borrachera de triunfo, y me consolé en pensar que tendría una importante cruda.  Imaginarlo vomitando en el escusado me dio una profunda paz espiritual. Pero no me duró mucho el gusto.
Los cielos empezaron a ponerse quebradizos y apretó el frío. El aire irremediablemente provinciano de Bruselas, con todo y su innegable cualidad cosmopolita, es deprimente. Todo cierra temprano, oscurece pronto. Una penumbra que siempre estuvo presente se apodera de todo. Estamos todos, pensé, en la oscuridad.

Poco a poco las calles mueren y la noche nos va devorando. 

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