jueves, 20 de febrero de 2014

Las recetas difíciles


La conferencia multilateral que buscaba encontrar una salida negociada a la guerra civil en Siria fracasó. Concluyó sin acuerdos concretos y sin salidas para el drama humano que millones están viviendo día con día en el país.
Cada tanto, uno se topa con recetas especialmente complejas. Esto es un reto para los chefs que, como uno, se formaron en el rigor de los puestos callejeros de Kazajistán, y luego en las torterías de la ciudad de México, para terminar en bares de barrios bajos de París armando kebabs fusionados para la anarco burguesía franchute.

Lo que uno aprende cocinando en la calle es que la precisión es enemiga de la eficacia; que la improvisación es indispensable y que más te vale agarrar los trucos rápido y no perder jamás de vista el sazón. Los puestos de la calle dependen de eso, sacrificando la higiene excesiva y el orden por un sabor que sea suficientemente memorable y mantenga a la clientela.

Pero, la verdad, las recetas de la calle son ricas pero fáciles. Es lo que se les exige. Llega un momento en que es hora de ir más lejos y entrar en las recetas complejas, que demandan una serie de equilibrios. En cocina, como en pocas cosas, lo importante es el equilibrio: ni demasiado ácido ni demasiado dulce; ni demasiado picante ni demasiado suave; ni muy salado ni muy soso. Aquellos y aquellas que dominan los equilibrios de sabores son quienes a la larga destacan.

Esto es especialmente cierto con la pastelería: las cantidades con precisas, las temperaturas exactas y los tiempos también. Son procesos delicados, en los que la improvisación no aplica y no paga; hay que hacerlo bien o no hacerlo. Imagino un pastel infinitamente complejo, con cuatro texturas distintas y diversos grados de cocción; con un montaje a pinzas y un corte milimétrico, cuando pienso en Ginebra II.

La conferencia multilateral que buscaba encontrar una salida negociada a la guerra civil en Siria fracasó. Concluyó sin acuerdos concretos y sin salidas para el drama humano que millones están viviendo día con día en el país. El Canciller sirio insistió en su posición: los rebeldes con todos terroristas y están atacando al pueblo de su nación; están dominados por Al Qaeda. Son demonios y solo se empezará a avanzar cuando depongan las armas. La oposición, integrada en la Coalición Nacional Siria, exige que lo primero sea crear un proceso de transición, con un gobierno interino, para cesar las acciones de guerra. En esencia, un nudo gordiano: la oposición sabe que si cede las armas, no podrá negociar nada después: Al-Assad no va a dejar el poder una vez que los desarme, al contrario, lo más seguro es que los masacre. Al mismo tiempo, el gobierno no va a dejar que se construya un poder nuevo sin garantizarle sus privilegios.

Es de una complejidad absoluta. La capacidad del régimen sirio de resistir los embates opositores por tanto tiempo ha permitido que la oposición sea en parte abandonada por los poderes occidentales y por otra parte penetrada por grupos ultra radicales. Al mismo tiempo, el respaldo ruso ha bloqueado la acción directa internacional.

Ambos bandos han cometido ya atrocidades que van mucho más allá de lo que sabemos y queremos enterarnos. Hoy, esta mañana, están pasando cosas en Siria que poblarán los libros de historia como ahora se habla de la guerra en Bosnia y Croacia. Veremos cuentos y películas sobre los niños muertos, las masacres, las torturas que hoy están tomando lugar. Diremos, como decimos hoy de las otras tragedias humanas, “¿cómo no hubo una receta para evitar tanta tragedia y tanto dolor?”.

La receta para solucionar este problema es complejísima y demanda decenas de ingredientes. Se necesita de un horno preciso, pero también de un batido suave; exige una mezcla integrada y continua de las harinas y los líquidos, sin dejar que se endurezca demasiado.

Pero más que nada, demanda que sea tomada en serio. La verdad de las cosas es que ni Rusia ni Estados Unidos, ni China ni Irán, quieren realmente hacer este pastel. Porque sus prioridades, sus intereses y sus preocupaciones están a millones de kilómetros de distancia de la gente que en este momento está muriendo de hambre; que está siendo torturada, que está siendo asesinada.

Sé bien que esto no es nada nuevo. Ha sido dicho mil veces. Pero mientras siga sucediendo, hay que seguir diciéndolo. Hay que seguir hablando. Hay que rechazar el silencio indolente ante tanta muerte.

Quizá el ingrediente que falta para que esa tragedia termine, es nuestra voz.

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