Hay cosas que no se pueden fingir, como un buen
almuerzo. Esta es una de las cosas que aprendemos del Almuerzo desnudo
de William Burroughs, el escritor contracultura por excelencia que nació
hace justo cien años – 5 de febrero de 1914 – y que hoy mantiene su
dramática vigencia.
Burroughs era, en mil sentidos, un hombre fallido. Adicto a las drogas
más duras, sarcástico, incluso asesino –mató a su esposa en un juego de
Guillermo Tell en la ciudad de México-, no es precisamente un modelo.
Pero es también el recordatorio, siempre importante, de saber separar al
artista de la persona. Hoy en día estos planos se nos mezclan
demasiado, y combinamos las acusaciones contra Woody Allen –que a mí me
despiertan muchas suspicacias– o la muerte de Philip Seymour Hoffman con
su trabajo artístico, y suponemos que fallar en la humanidad los hace
menos valiosos como artistas. Pienso que no es así.
La lista de artistas que fueron grandes creadores pero unas personas
insufribles –incluso delincuenciales– es tan grande que solo es
rivalizada por las personas que fueron buenas pero irrelevantes.
La disposición a separar a la persona del artista –finalmente
perdonando a este último de los defectos del primero– es inversamente
proporcional, sin embargo, a mi visión de las instituciones: las
intenciones y obras de las organizaciones no perdona, e incluso agrava,
las acciones de las personas que la integran. Esto, porque es la gente
siniestra la que recurre al poder y cobertura que les da ser parte de un
organismo “respetado” para hacer cosas despiadadas. Más grave aún, es
que las instituciones, para protegerse a sí mismas, encubren o respaldan
a estas personas para “proteger” a su organismo, en lugar de
denunciarlo.
Viene esto al caso ahora con el Informe que las Naciones Unidas han
dado a conocer a partir de una extensa y extensiva investigación sobre
el accionar de la Iglesia católica a partir de su modus operandi sobre
los abusos sexuales contra menores y las violaciones a los derechos de
niños y niñas en general, considerando que el Vaticano es firmante de la
Convención de los Derechos de la Infancia, lo que le obliga a asumir
responsabilidades específica.
La Iglesia “roncanrolera” del papa Francisco, llena de buena onda y
mate, respondió como habría respondido la Iglesia de Juan Pablo II:
negando todo, rechazando jurisdicción, haciéndose la víctima de alguna
conspiración internacional y jurando que ha hecho montón de cosas.
El informe de la ONU en realidad no es nada novedoso. Dice que lo miles
vienen diciendo desde hace décadas: que debe de cesar el encubrimiento,
el movimiento de religiosos pederastas de curia para su protección, y
que “La Comisión está profundamente preocupada por el hecho de que la
Santa Sede no haya reconocido la importancia de los crímenes cometidos,
no haya adoptado medidas necesarias para gestionar los casos de abusos
sexuales contra menores y proteger a los niños y haya adoptado políticas
y prácticas que han llevado a la continuación de los abusos y a la
impunidad de los culpables”.
La llamada Santa Sede dice, como es su costumbre, que las víctimas son
ellos, ya que no reconocen “todo lo que ha hecho la Santa Sede y la
Iglesia en los recientes años, como reconocer errores, renovar las
normativas y desarrollar medidas formativas y preventivas”. Pobre Santa
Sede y todos sus esfuerzos. Nadie les da el abrazo que tanta falta les
hace.
Notablemente irónico es que justo esta semana, el siniestro culto que
se llama Legionarios de Cristo admite, con años y años de retraso, que
aquél líder, que en alguna época debió ser santo, que era víctima de
ataques crueles e injustos, que era un hombre íntegro y que sus
supuestas víctimas eran basura, era en efecto un criminal y pues, ups,
mil disculpas.
Me da un poco de tristeza por Federico Lombardi. Pasará a la historia
como el vocero que defendió lo indefendible y, en unos cuantos años más,
esa misma iglesia “buena onda” que hoy lo mandó a descalificar a nada
menos que las Naciones Unidas, estará pidiendo perdón por este discurso
hipócrita y necio. Allá él.
¿Qué es un almuerzo desnudo? Burroughs nos dice: es el momento en que
todos nos damos cuenta de qué es aquello que realmente está en nuestros
tenedores. Viene al caso porque, en el centenario de este escritor, que
rompió y rompió las normas, que denunció todo y que develó la
hipocresía, las instituciones siguen enclaustradas en sus mismas
mentiras.
Es un autor que sigue vigente porque nos dice: hay cosas que no se
pueden fingir. Transgredir los límites es el primer paso para acabar con
la opresión. Esta opresión existe y debe ser combatida. No es que yo
sea bueno. No es que yo sea sabio. Es que yo lo denuncio. Lo combato.
En mi tremenda imperfección, sé lo que es correcto.
Y lo peleo.
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