jueves, 20 de febrero de 2014

Almuerzo desnudo

Hay cosas que no se pueden fingir, como un buen almuerzo.  Esta es una de las cosas que aprendemos del Almuerzo desnudo de William Burroughs, el escritor contracultura por excelencia que nació hace justo cien años – 5 de febrero de 1914 – y que hoy mantiene su dramática vigencia.

Burroughs era, en mil sentidos, un hombre fallido.  Adicto a las drogas más duras, sarcástico, incluso asesino –mató a su esposa en un juego de Guillermo Tell en la ciudad de México-, no es precisamente un modelo. Pero es también el recordatorio, siempre importante, de saber separar al artista de la persona.  Hoy en día estos planos se nos mezclan demasiado, y combinamos las acusaciones contra Woody Allen –que a mí me despiertan muchas suspicacias– o la muerte de Philip Seymour Hoffman con su trabajo artístico, y suponemos que fallar en la humanidad los hace menos valiosos como artistas.  Pienso que  no es así.

La lista de artistas que fueron grandes creadores pero unas personas insufribles –incluso delincuenciales– es tan grande que solo es rivalizada por las personas que fueron buenas pero irrelevantes.

La disposición a separar a la persona del artista –finalmente perdonando a este último de los defectos del primero– es inversamente proporcional, sin embargo, a mi visión de las instituciones: las intenciones y obras de las organizaciones no perdona, e incluso agrava, las acciones de las personas que la integran. Esto, porque es la gente siniestra la que recurre al poder y cobertura que les da ser parte de un organismo “respetado” para hacer cosas despiadadas. Más grave aún, es que las instituciones, para protegerse a sí mismas, encubren o respaldan a estas personas para “proteger” a su organismo, en lugar de denunciarlo.

Viene esto al caso ahora con el Informe que las Naciones Unidas han dado a conocer a partir de una extensa y extensiva investigación sobre el accionar de la Iglesia católica a partir de su modus operandi sobre los abusos sexuales contra menores y las violaciones a los derechos de niños y niñas en general, considerando que el Vaticano es firmante de la Convención de los Derechos de la Infancia, lo que le obliga a asumir responsabilidades específica.

La Iglesia “roncanrolera” del papa Francisco, llena de buena onda y mate, respondió como habría respondido la Iglesia de Juan Pablo II: negando todo, rechazando jurisdicción, haciéndose la víctima de alguna conspiración internacional y jurando que ha hecho montón de cosas.

El informe de la ONU en realidad no es nada novedoso. Dice que lo miles vienen diciendo desde hace décadas: que debe de cesar el encubrimiento, el movimiento de religiosos pederastas de curia para su protección,  y que “La Comisión está profundamente preocupada por el hecho de que la Santa Sede no haya reconocido la importancia de los crímenes cometidos, no haya adoptado medidas necesarias para gestionar los casos de abusos sexuales contra menores y proteger a los niños y haya adoptado políticas y prácticas que han llevado a la continuación de los abusos y a la impunidad de los culpables”.

La llamada Santa Sede dice, como es su costumbre, que las víctimas son ellos, ya que no reconocen “todo lo que ha hecho la Santa Sede y la Iglesia en los recientes años, como reconocer errores, renovar las normativas y desarrollar medidas formativas y preventivas”. Pobre Santa Sede y todos sus esfuerzos.  Nadie les da el abrazo que tanta falta les hace.

Notablemente irónico es que justo esta semana, el siniestro culto que se llama Legionarios de Cristo admite, con años y años de retraso, que aquél líder, que en alguna época debió ser santo, que era víctima de ataques crueles e injustos, que era un hombre íntegro y que sus supuestas víctimas eran basura, era en efecto un criminal y pues, ups, mil disculpas.

Me da un poco de tristeza por Federico Lombardi. Pasará a la historia como el vocero que defendió lo indefendible y, en unos cuantos años más, esa misma iglesia “buena onda” que hoy lo mandó a descalificar a nada menos que las Naciones Unidas, estará pidiendo perdón por este discurso hipócrita y necio.  Allá él.

¿Qué es un almuerzo desnudo? Burroughs nos dice: es el momento en que todos nos damos cuenta de qué es aquello que realmente está en nuestros tenedores. Viene al caso porque, en el centenario de este escritor, que rompió y rompió las normas, que denunció todo y que develó la hipocresía, las instituciones siguen enclaustradas en sus mismas mentiras.

Es un autor que sigue vigente porque nos dice: hay cosas que no se pueden fingir. Transgredir los límites es el primer paso para acabar con la opresión.  Esta opresión existe y debe ser combatida.  No es que yo sea bueno.  No es que yo sea sabio. Es que yo lo denuncio. Lo combato. En mi tremenda imperfección, sé lo que es correcto.

Y lo peleo.

No hay comentarios: