jueves, 20 de febrero de 2014

Ropa Vieja

Como tantos otros símbolos culturales, la gastronomía nos habla de las costumbres y realidades de cada nación y de cada pueblo. La Historia se puede contar a través de las cocinas: la transformación de la cocina peruana en —peruana-nikkei— debido a la inmigración japonesa; el desarrollo de la tortilla de harina en el norte de México, con la llegada del trigo español a comunidades que se habían quedado sin harina de maíz; la empanada chilena, que tiene mucha más cebolla que carne, equilibrio inverso en otros países, debido a las necesidades de consumo de la época. Así hay mil narraciones que nos hablan de nuestras épocas de oro y de sufrimiento, de los encuentros entre culturas y de dominación.

La ropa vieja, plato emblemático cubano, es también parte de esa narrativa. Un platillo en realidad complejo -tiene más de una docena de ingredientes- es un clásico resultado de una cocina que buscaba reciclar y ahorrar toda la comida posible, en particular las valiosas proteínas de la carne.

Originaria de las Islas Canarias, esta receta se asentó plenamente en el gusto cubano con sus propias variaciones -en lugar de garbanzos como la receta original suele acompañarse con arroz y frijoles- y nace de la leyenda de un hombre que, ante la imposibilidad de juntar dinero para alimentar a su familia, cocina su ropa vieja en tiras para hacerla parecer carne. Otra variación dice que vende su ropa vieja para comprar carne, aunque es un poco menos dramática que la primera.

Cuento todo esto para hablar de Cuba. Según un reciente estudio, más de la mitad de los estadunidenses están de acuerdo con levantar el bloqueo, así sea parcialmente. Más significativo es que el 63 por ciento de las personas de Florida, el estado con más presencia cubana, apoya la medida.

Barack Obama ya había empezado a suavizar algunas de las medidas que por más de medio siglo han buscado asfixiar al régimen cubano. Ahora se puede viajar y enviar remesas. Pero estos cambios son menores e insuficientes.

Muchos han señalado ya que el bloqueo, más que hacer caer al régimen, lo ha mantenido: ha sido un pretexto perfecto y perpetuo de agresión externa que exige un gobierno cerrado, autoritario y duro. Pero eso no es lo irónico del bloqueo: lo irónico es que no existe realmente.

Tras la reciente cumbre de la Celac en La Habana este año demuestra que Cuba está plenamente presente en el concierto político y económico internacional. Además de eso, Europa en su conjunto está normalizando su relación comercial con la isla, mientras que Brasil, Sudáfrica y otros tantos países afianzan sus inversiones ahí.

El gran debate sigue siendo sobre los derechos humanos. Cuba sigue siendo un régimen represivo y cerrado, y sus ciudadanos carecen de las libertades básicas. Sin embargo, es un debate falso: China es un régimen mucho más violento y represivo que Cuba, y nadie -ni en los gobiernos más derechistas y fachos del mundo- pide que se bloqueé a ese país. ¿Por qué no? No es rentable.

Hay, además, otra gran falsedad en el debate. Muchos, más que querer una prensa libre y demás, lo que realmente quieren es libertad de consumo. Conocí hace poco a un hombre gordo y desagradable que vivió en Cuba varios años. Lo único que ansiaba era ir a un centro comercial. No quería leer los periódicos -llenos de mentiras de cualquier modo- ni manifestarse. Quería comprar artículos de lujo.

Eso es válido, pero sí da para que consideremos cuáles son los valores de libertad que realmente estamos defendiendo. ¿La libertad de comprar un Cartier o de que todos tengan una educación de calidad? Cada quién tendrá su respuesta.

Hoy, que el mismo gobierno cubano ha caído en la desviación pequeñoburguesa de photoshopear a Fidel para que no se vea tan viejo, no está demás hacer un llamado para que Estados Unidos se ponga en sintonía con su propio pueblo y deje de lado un bloqueo inútil y anacrónico. Hacerlo no solo será un acto de sensibilidad hacia su opinión pública, sino un apoyo a la transformación democrática en Cuba.

La ropa vieja es un platillo de ahorro y reciclaje, pero también de resistencia. Es un plato que Cuba recibió, adaptó y le dio vida propia. Cuba sabrá hacer lo mismo con la democracia, dándole su propio sabor y su propia historia. Esperemos que tengan la oportunidad.

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