La inminencia del fin del año nos pone a pensar en todo lo que termina. Porque hay finales y, luego, hay finales. Unos finales que solo significan cambiar de calendario, irse de vacaciones, concluir proyectos, y otros finales que implican los grandes cambios de ciclo. Estos últimos, por supuesto, son los que nos interesan.
Atrapados como estamos en la cultura cristiano-occidental, tenemos que enfrentar el año nuevo. No lo podemos pasar solos –a veces dan ganas, pero no, no debemos. Muchos no tienen, no tenemos, la oportunidad de pasarlo con quién realmente quisiéramos estar ahora. Así que son tiempos de celebración, pero también de recogimiento; son tiempos tristes, de soledades exacerbadas.
Me resulta interesante pensar en dos de las grandes gastronomías del mundo y la forma en que sus países, por alguna razón, están muy lejos de reflejar su riqueza y su generosidad. Me refiero a la cocina mexicana, por supuesto, pero también a la de España.
De México ya hemos hablado de la reforma energética y todas las mezquindades que ha mostrado sobre nosotros: aprovechamiento, descuido ecológico, abuso, pero también cerrazón, patrioterismo y conservadurismo. Hablamos del precio del Metro y su distancia con lo que es, en mi humilde opinión, uno de los detalles más notables de nuestra cocina: se puede comer bien por muy poco, sin castigar el bolsillo de quienes menos tienen. Ahora, que los mexicanos escojan comer pura basura y ponerse obesos es otro tema, no es muy distinto a su elección de gobernantes.
Lo que es un hecho es que en México uno puede comer las mejores garnachas del mundo si sabe dónde encontrarlas; las tortas, los tacos y los tamales, bien preparados, son gastronomía de alto alcance. Aún puedo recordar una birria que comía algunos domingos en el mercado de San Pedro de los Pinos que valía infinitamente menos de lo que daba. Eso es la gastronomía mexicana: generosidad. Eso no es la realidad mexicana, claramente.
Algo no distinto pasa en España. La cocina española, también muy diversa por regiones y llena de herencias internacionales, ha visto en los últimos años un brinco en su reconocimiento –así como en su calidad– gracias a varios chef notables. La comida en España, siempre objeto de culto, se ha convertido en ejemplo mundial de experimentación recuperando costumbres; de reinvención de tradiciones y de innovación en técnicas.
Muy lejos, por cierto, de lo que está haciendo su gobierno. Mientras los chef inventan, mejoran y construyen, la mayoría conservadora del Partido Popular se dedica a arrastrar a su nación a la cola de Europa. Una obsesión reaccionaria, anticuada y, a la postre, condenada al fracaso.
Hay dos temas que me interesan particularmente sobre las demenciales decisiones del gobierno de Mariano Rajoy, porque impactan directamente en el futuro de los estudiantes y de las mujeres. El primero, muy sentido por mí, es el tema de la educación. Rajoy no sólo echó para atrás las reformas que hicieron que la religión católica no fuera parte de las asignaturas obligatorias, haciendo retroceder a su país en términos de laicidad y libertad de culto de forma demencial, sino que al mismo tiempo ha aplicado brutales recortes a la educación pública.
Es decir: hoy la educación de los niños y niñas de España no sólo es de peor calidad que hace cuatro años, sino que además les meterán una Biblia a fuerza de sangre.
Tan grave como eso, España ha retrocedido en los derechos adquiridos de las mujeres, echando para atrás las leyes que despenalizaban el aborto y, poniendo a su país a la cola de Europa, ahora solo en caso de violación o peligro para la madre existirá ese derecho. Hoy las mujeres de España tienen menos derechos que las mujeres de cualquiera de sus países vecinos. ¿Para beneficiar a quién? ¿A un monarca cuyo mensaje de Año Nuevo fue el menos escuchado de la historia? ¿A una Iglesia sumergida en el fango del abuso sexual contra niños? ¿A un partido –el PP– hundido en la corrupción? No me digan que a los fetos. Ese debate está más que superado en el mundo civilizado.
Decisiones rancias, inútiles y que durarán sólo uno o dos gobiernos más, pero que afectan hoy a las mujeres y a los estudiantes. Que hoy limitan los derechos y que alejan a España del desarrollo. La alejan de la vanguardia que su gastronomía –y sus deportistas, por cierto– le habían dado. España, como su economía, se ve hoy como un país controlado por viejos corruptos, que cargan pesados crucifijos pero que son moralmente cínicos.
La cena de año nuevo es una oportunidad gastronómica que todo chef espera. Un chef feliz puede lucirse, experimentar, dedicarse. Los chefs de México y España sin duda no decepcionarán. Sus gobiernos, y las decisiones que están tomando, están muy lejos de complacer.
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