Me miró furiosa y dijo “reforma la receta de tu puta madre”. Le
expliqué que, en efecto, he reformando montón de recetas de mi madre – me
ahorré eso de puta – y que en general me ha ido bastante bien. No que sean
malas recetas, incluso algunas son muy buenas, pero el tema es que a veces
pueden ser mejores.
Los tiempos avanzan, le dije. Hay
nuevas tecnologías, materiales, técnicas.
Las cosas cambian, querida.
Y cuando cambian, y tú no, te vas quedando atrás. El rezago parece remontable al principio,
parece cualquier cosa. Pero un día te
das cuenta que ya no estás ni cerca de dónde empezaste, ni cerca de dónde
querías llegar. Y ahí es la dura hora de
pensar en reformarse.
“¡Reformista
vendido!” me gritó la compañera de nuevo. “¡Pareces Kerenski! Vulgar
Menchevique”. Ya sé, traté de calmarla, ya sé. Sé que esto no es
fácil. No lo es para nadie, pero escucha: la receta,
tu receta para hacer frijoles charros puede funcionar mucho mejor.
Créeme.
“¡Es tradición! Esta receta fue concebida
durante la Revolución Mexicana, es herencia de nuestra herencia, es patriótica
y de todos los mexicanos. ¡La quieres
privatizar!”. Me juró que no sólo no será parte de mi receta reformada sino que
la bloqueará en cada esquina, en cada restaurante, en cada cocina: describió
tomas de ollas, secuestro de sartenes, toda táctica es buena cuando se defiende
a la patria. Santa patria.
Le explico lo siguiente: en otras épocas, esta receta funcionaba muy
bien. Es práctica y llenadora. Pero hoy
en día, compitiendo con los frijoles de lata y demás, está desactualizada y
pierde terreno. Y no sólo eso: esta
receta engorda, desperdicia y causa gases, contaminado todo. Podemos modernizarla. En serio.
No le tocarás un solo pelo, me insiste.
Ni un pelo. ¿Pero te parece que está bien como está? No. Pero tú eres un
vendido.
Explico: el remojo de los frijoles exige que se les cambie el agua al
menos tres veces, y nunca, nunca – como es en tu receta – se cocinan en esa
misma agua. Al cambiar el agua, no solo
limpias los frijoles sino que los liberas de toxinas y carbonos que después te
causan gases.
Además,
le pones una cantidad de grasa demencial. Tengo claro que el cerdo es
rico y que da
sabor y todo, pero, con respeto, no estás para seguir engordando. No
tengo nada contra comer cerdo, más el
problema es otro: le estás metiendo a una receta que puede funcionar muy
bien
un elemento que te cae mal, y a la larga te hace daño. Puede ser más
sana esta receta. Utiliza bien las hierbas, el picante y el
comino; no dejes de lado el orégano y ponle cáscaras de limón. Dientes
de ajo completos, cebolla
morada. Ya verás.
Otra cosa: las ollas de barro, tan bonitas y tradicionales que usas,
están llenas de plomo y otros metales.
La larga cocción que exige esta receta, en esas ollas – tan bonitas, tan
tradicionales – llena el platillo de tóxicos.
Y gasta mucha energía. Hay que
prepararlos en una olla de presión de acero inoxidable. Ya sé que pierde el folclor, y sí, ay que
urbano eres, etcétera. Pero ahorras
tiempo, hidrocarburos, dinero y energía.
Además de mantener más sana tu comida.
Es puro ganar. Lo único que
pierdes es tu sensación de ser auténtico.
Que, por lo demás, era una payasada que te enseñaron en una educación ideologizada
y, por cierto, muy priista. Completamente priista.
Bueno, con eso solo la enfurecí. “¿Priista
yooooo? ¡Eso jamás!”. Claro, ella olvidó que ella misma fue priista
por años, hasta que no le dieron el puesto que quería. Pero esa es otra historia. Remata su insulto:
“seguro estás con la reforma energética de Peña Nieto”.
No, fíjate que no. De ninguna
manera. No estoy con el gobierno ni en
esta reforma ni en muchas otras. Pero
estoy con la urgente necesidad de reformar.
Porque hay que ser bastante idiota para pensar que hoy en día Pemex es
la empresa que México necesita y mucho más para pensar que funciona bien. Su riqueza no nos está sacando adelante y,
más que nada, está muy lejos de ser de “todos los mexicanos”. De hecho, es del sindicato,
principalmente. Así que no, no apoyo la
reforma. Pero me indigna el antirreformiso
izquierdista mexicano que es, ante todo, profundamente reaccionario. Se oponen mecánicamente por consigna, sin
explicar ni entender; sin proponer ni contribuir; sobre todo, dándole la razón –
al menos mediáticamente – a quienes los tildan de obstruccionistas.
Pemex, como tu pinche receta, tiene que reformarse. Es más arcaico que Petrobrás y que Cuba
Petróleo. Es tan corrupto como el SNTE y
tan priista como Morena. La izquierda,
al marginarse de la reforma, la regala.
En lugar de incidir para garantizar la protección de los intereses
nacionales, amontona sillas y acarrea gente.
Y vuelve a perder.
Y ahí perdemos todos.
Saber cambiar es tan importante como perseverar. Y todos, en algún
momento, tenemos que estar dispuestos a dar ese brinco.
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